Carlo Climati
El pueblo de la noche
Discotecas, éxtasis y alcohol: ¿nuevas soledades u oscuridad
que hay que iluminar?
Una investigación para conocer este fenómeno,
publicado por la Editorial San Pablo de México.
En la
oscuridad de la noche, se esconde un gran enemigo. Un traidor que se presenta
con un rostro simpático, inocuo, amigable. Golpea cuando menos te lo esperas y
te sorprende cuando ya es demasiado tarde.
Se llama
«ecstasy» o «éxtasis». Es la
nueva droga que cobra víctimas en numerosas discotecas y rave, en muchas partes
del mundo.
El ecstasy es una píldora coloreada, que se vende en numerosos locales de
baile. Es el principal instrumento de autodestrucción de las nuevas
generaciones, siempre asociado al sonido ensordecedor y martilleante de la
música de discoteca. Se ingiere con facilidad y no despierta las preocupaciones
de otros tipos de drogas (como, por ejemplo, el riesgo de contraer el sida).
Detrás de la palabra «ecstasy» o éxtasis se esconden diversas sustancias,
muchas de las cuales son, aún, poco conocidas. La sustancia original (Mdma)
tiene efectos en parte estimulantes y en parte alucinógenos. Da una sensación de seguridad y de fuerza
completamente ilusorias, aumentando la resistencia al hambre, a la fatiga y al
sueño. Quien consume el ecstasy cree, casi, de tener «súper-poderes», como
algunos personajes de las historietas. En realidad, el único verdadero poder lo
tiene la droga, y es el de convertir lentamente en esclavos.
El precio que se paga, consumiendo ciertas pastillas, es altísimo. El ecstasy
produce una excitación completamente innatural y una pérdida de conciencia de
las reacciones del propio cuerpo. El riesgo mortal está ligado al posible golpe
de calor, debido a la excesiva actividad física y al aumento crítico de la temperatura
corpórea. Todo eso se agrava por el hecho de encontrarse en locales
excesivamente concurridos o poco ventilados y del uso de ropa que no permiten
una buena transpiración.
A largo plazo los daños conciernen esencialmente al sistema nervioso central y
son, aún, objeto de estudio. Ansiedad, irritabilidad, delirios y alteraciones
del sueño son, en todo caso, frecuentes y pueden persistir por mucho tiempo. El
ecstasy es profundamente diverso respecto de las otras sustancias que lo han
precedido, pero representa su continuación ideal. Es el último estadio de un
proceso de reducción a la esclavitud, iniciado en los años sesenta con la moda
de los «hijos de las flores».
Las drogas de los años sesenta y setenta enmascararon su rostro de muerte con
el de los ideales, a menudo vividos de buena fe por los jóvenes: la paz, el
rechazo del consumismo y la hermandad universal. Porros y LSD acompañaron a los grandes movimientos
de pensamiento. Pero
luego, terminaron igualmente por difundir una no-cultura del mal y de la
autodestrucción.
Un ejemplo: el concierto de Woodstock del 1969, cuando medio millón de
muchachos invadieron una tranquila comunidad en la parte septentrional del
Estado de Nueva York, dando vida al más grande encuentro juvenil de la historia
del rock. El gran evento de Woodstock es descrito habitualmente con eslóganes
dulzones del tipo «Paz, amor y música». En realidad, se transformó en una
verdadera trampa. La droga,
en efecto, circulaba libremente entre el público.
La droga, también en aquellos años, mataba a los muchachos. Pero lo hacía escondiéndose tras una apariencia de
nobleza y grandes ideales. Hoy, en cambio, no se preocupa más de esto. Se
muestra a rostro descubierto y no tiene temor de expresar lo que realmente es. El ecstasy, en efecto, es el espejo de la nada más
absoluta. Representa
perfectamente el sentido de vacío de nuestros tiempos: un simple, banal,
egoísta deseo de placer. No por azar, el único posible escenario es el del rave
o el de la discoteca.
Con el ecstasy, música y droga se convierten en una sola cosa. Se nutren y se sustentan recíprocamente. Cada una, para existir, no puede prescindir de la
otra.